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WELLCOME TO USA 0

En el control de aduanas del aeropuerto JFK de New York un policía, idéntico al recluta de "Loca academia de policía" que imitaba toda clase de ruiditos con la boca, está comprobando que no soy un peligroso terrorista con la oculta intención de volar la Casablanca. Cuenta para ello con una cámara fotográfica, una máquina para imprimir huellas dactilares y un cuestionario que las azafatas han repartido antes del aterrizaje donde -además de conminar al visitante al renunciar a su derecho de recurrir en caso de no estar de acuerdo con la decisión final que adopte - hay que enfrentarse a las siguientes preguntas:

1. ¿Tiene alguna enfermedad contagiosa? , ¿algún trastorno físico o psicológico?, ¿es adicto/a a alguna droga?

2. ¿Alguna vez fue detenido/a encarcelado/a por un delito o crimen relacionado con comportamientos inmorales o una vulneración relacionada con una sustancia controlada? , ¿ha sido arrestado/a por dos o más delitos cuyas sentencias de encarcelamiento acumuladas suman cinco años o más?, ¿ha sido traficante de sustancias controladas?, ¿pretende entrar en los EEUU para perpetrar actividades criminales o inmorales?

3. ¿Alguna vez ha estado involucrado/a en actividades de espionaje o sabotaje; en actividades terroristas; o de genocidio?, ¿estuvo involucrado/a alguna vez, entre 1933 y 1945, de algún modo en las persecuciones relativas a la Alemania nazi o sus aliados?

4. ¿Pretende trabajar en los EEUU?, ¿alguna vez le fue rechazada la entrada o fue deportado/a?, ¿alguna vez se le expulsó de los EEUU? , ¿alguna vez obtuvo o intentó obtener una visa o una entrada en los EEU, por medio de fraude o falsificación?

5. ¿Impidió o retuvo alguna vez la custodia de un menor cuya custodia le fue otorgada a un/a ciudadano de los EEUU?

6. ¿Alguna vez se le denegó la visa o la entrada en los EEUU o se le canceló su visa para los EEUU? Si es así, ¿cuándo?, ¿dónde?

7. ¿Alguna vez alegó inmunidad en un procesamiento?

Pese a la impresión que pueda transmitir el cuestionario, el turismo es la única clase de nomadismo consentido por el departamento de seguridad de Estados Unidos, lo que no impide al hermano serio del recluta de Loca academia de policía mirarme fijamente como si escondiera armamento químico en el interior de mis calzoncillos. Luego mira a mi amigo Mel que aguarda su turno detrás de mí y repite la operación un par de veces. A nuestro regreso a Mel le aguarda la madre de sus dos pequeños y a mí un crédito hipotecario suscrito recientemente con mi mujer, pero eso no es lo que ve el policía. Lo que ve el policía es a dos tipos de treinta y tantos con perilla, cabello corto y complexión fuerte que no desentonarían en una discoteca gay con afición por el cuero negro. Somos dos heterosexuales dentro del armario que acaban de cruzar el Atlántico después de un vuelo de ocho horas, y a quienes espera un coche alquilado para recorrer la costa este del país durante diez días. No sufrimos ningún trastorno psíquico, ni tampoco hemos sido encarcelados y lo único ilegal que hemos hecho por el momento ha sido responder que durante nuestra estancia estaremos alojados el Chelsea Hotel, como modesto homenaje a Sid Vicious. Así que el policía me devuelve el pasaporte y con un gesto de asentimiento me indica finalmente que puedo seguir adelante mientras, justo en este preciso momento, más de veinte inmigrantes ya deben haber franqueado por el sur la valla que separa los Estados Unidos de México.

En el camino.

El coche de la agencia es un Kia marrón con aire acondicionado, cambio de marchas automático y buen equipo de música con el que atravesamos Queens y el Bronx por la interestatal 65 rumbo hacia Providence, en Rhode Island, adonde llegamos a primera hora de la mañana después de dormir en un motel de carretera muy cerca de New London.

Entre otras debilidades inconfesables, sufro de una enfermedad que me ha llevado a fotografiarme en Paris sobre la tumba de Charles Baudelaire. Por su parte, Mel acabaría en la Edad Media delante de un tribunal de la Inquisición por afirmar que de haber nacido en el s. XX Jesucristo seria el cantante de algún grupo de rock duro. No tiene nada de extraño por tanto que nuestra primera parada sea un precioso cementerio rodeado por un espeso bosque del que contrariamente a los mediterráneos no te dan ganas de salir corriendo a los cinco minutos. Situado en un promontorio desde el que se domina una hermosa bahía, el cementerio de Swan Point en Providence, Rhode Island, permite conducir por su interior y cuenta además con un alucinante sistema informático que facilita al instante un mapa con la ubicación exacta de la tumba que buscas. Somos los únicos visitantes en esta soleada mañana de principios de julio, pero cuando aparcamos una corredora solitaria nos lleva hasta el lugar que buscamos y luego se volatiliza por arte de ensalmo dejándome absolutamente convencido de que se trata en realidad de un fantasma que únicamente aparece a los lectores de Lovecraft.

Un mitómano es una persona capaz de justificar un viaje de ocho mil kilómetros por una fotografía y eso es justamente lo que hacemos antes de que un individuo de unos treinta años que sin duda trabaja para la dirección del cementerio nos informe de que están prohibidas, y prosigamos nuestro viaje hacia la cercana Boston, donde callejeamos durante un par de horas por el puerto justo un día después de que la importante comunidad italiana de la ciudad se lanzara a la calle para celebrar el triunfo de su selección en el mundial de fútbol. La semana pasada actuó Bob Dylan en Girona ante un público selecto que llegó a pagar más de cien euros por escuchar Like a Rolling Stone, pero en 1975 el cantante de Minessotta, el judio converso que cantó delante de Juan Pablo II, realizó una gira en compañía de Allen Ginsberg y Joan Baez por la costa este conocida como The Rolling Thunder Revue. En el libro que Sam Shepard escribió durante su fracasado intento de realizar una película de aquella histórica gira hay una fotografía de la visita que hizo Ginsberg con Dylan a la tumba de Kerouac en Lowel, Massachussets. Ginsberg está sentado junto la lápida y recita unos versos mientras Dylan lo acompaña con la guitarra improvisando unos acordes. Treinta años después, el lugar apenas ha cambiado salvo por la botella de cerveza vacía que alguien ha dejado sobre la lápida junto a una postal canadiense donde puede leerse en francés: "Se os quiere". En el fondo, pienso mientras desenfundo mi cámara fotográfica en esta necrorruta en que hemos convertido nuestro primer día de viaje por Usa, los mitómanos somos unos sentimentales.

Woodstock

El famoso concierto de tres días celebrado en Woodstock, la película de Denis Hopper "Easy Ryder", o los cuadros de Andy Wharhol han fijado en el imaginario de varias generaciones la única aportación genuina del siglo XX al mundo de la ética: "sexo, drogas y rock and roll". Fantaseando con la posibilidad de que en la barra de bar donde nos encontramos Hendrix y Joplin compartieran unas cervezas, charlamos sobre el partido de basket que hemos visto esta mañana en el Museo de Basket de Springfield entre Chicago Bulls y Boston Celtics durante los play-off de 1986. El partido fue una exhibición de Michael Jordan hasta el punto de que Larry Bird, el mejor jugador blanco de todos los tiempos, llegó a declarar al acabar el encuentro: Esta noche Dios ha bajado a la tierra y se ha convertido en Michael Jordan. Springfield ostenta el titulo de capital mundial del basket porque allí se celebró en primer partido de este deporte hace más de siglo. Y gracias al concierto celebrado aquí en los sesenta, los tres días de paz, amor y buen rollo que intentaron puerilmente cambiar el mundo, Woodstock es hoy un rancio parque temático de la cultura hippie con tiendas de productos tibetanos, bares donde se organizan conciertos para celebrar el aniversario de Jerry Garcia y centros de crecimiento personal y chorradas por el estilo del que salimos corriendo en cuanto acabamos las cervezas para tomar la 90, una carretera que avanza entre interminables extensiones de tierra verde salpicada por casas con el tejado de dos aguas y puestos solitarios de venta de fresas, bordeando un lago Ontario cubierto por una espesa niebla que impide ver Canadá a lo lejos.

Hall of Fame

En la orilla del lago Erie, junto al estadio de los Browns de Cleveland, Ohio, se levanta una pirámide de cristal que resplandece como un brillante bajo el sol. Es el Halle of Fame: el Vaticano del Rock and Roll. Con una pulsera de inapropiado color rosa (a no ser que se trate de un disimulado homenaje a los New York Dolls, o un guiño al glam rock) accedo a dos pequeñas salas de cine contiguas donde se proyectan sendos documentales sobre el rock and roll y su importancia para entender la historia reciente de los Estados Unidos. Una vez fuera me entretengo en un anexo que ofrece la posibilidad de escuchar canciones tecleando la pantalla de unas máquinas que son algo así como el equivalente contemporáneo de las antiguas juke-box antes de entrar en otra sala dedicada al concierto que George Harrison organizó en el Madison Square Garden para apoyar a las víctimas del enfrentamiento militar en Bangladesh, el primer concierto humanitario de la larga lista que se celebrarían durante la década de ochenta, cuya ultima secuela ha sido el autocomplaciente Live 8 del año pasado. Por las escaleras mecánicas subo a una planta con las portadas más célebres de la revista Rolling Stone, que incluye además la primera copia mecanografiada de la novela de Hunter J, Thompson, Miedo y asco en las Vegas, una carta de Charles Mason respondiendo a un artículo titulado Dangerous man y una serie de cuadros de estilo naif firmados por Dee Dee Ramone. Desde allí entro en la exposición monográfica que el museo dedica este verano a Bob Dylan, y luego desciendo por un pasillo enmoquetado hacia otra nueva sala donde un grupo atiende el discurso de agradecimiento de los artistas que forman parte del Hall of Fame en un estado de arrobamiento absoluto, estado que se rompe inesperadamente cuando el documental finaliza con la carta escrita por el lider de los Sex Pistols declinando la invitación del museo con una escueta pero contundente lista de exabruptos.

En Europa un museo de estas características resultaría interesante para un cierto tipo de gente. Gente como Mel, o como yo mismo. Pero en USA el rock and roll es un elemento más de su cultura, como los coches grandes o la manteca de cacahuete, lo que explica que familias enteras vayan de una sala a otra sumergidos en una nube de de admiración, respeto y devoción. La dirección del museo ha tenido además la sensibilidad política de procurar que al evidente atractivo intergeneracional del museo se suma también el interracial y hay expositores dedicados a Chuck Berry, Sam Cocke, Aretha Franklyn y otros artistas afroamericanos. Al fin y al cabo, esto es Ohio, un estado de tradición demócrata y el rock and roll… bueno, como afirmó en 1968 Edgar J. Hoover, el temido director de la C.I.A: "El rock and roll es repulsivo para la gente bienpensante y es necesario combatirlo". Claro que en ese caso: ¿qué rayos pinta aquí un vestido de la insufrible Britney Spears?

Un país en guerra

Resulta difícil de creer pero este es un país en guerra. Una guerra no oficial, o según ese eufemismo tontorrón (por lo que tiene de políticamente correcto), es una guerra de baja intensidad, lo que significa que en lugar de cien son diez el numero de victimas a diario en Irak, algo que las banderas ondeando en la puerta de las casas y los adhesivos con forma de lazo en los coches intentan que nadie olvide. Pese a las cósmicas diferencias que las separan, España y Usa comparten una afición común por las guerras fraticidas y hacia allí nos dirigimos esta mañana soleada de julio, hacia el escenario de una de las batallas mas sangrientas de la guerra de la secesión, su particular batalla del Ebro, el episodio militar que decidió la guerra hacia un bando y lanzó para los historiadores la pregunta de que hubiera pasado si el resultado hubiera sido otro. ¿Qué hubiera pasado si el ejército de la República hubiera detenido el avance de las tropas fascistas?

El único dato que no pertenece a la ciencia ficción es el número de víctimas y en Gettysburg fueron 50.000. Probablemente, la diferencia se encuentre en los detalles, en los importantes detalles. Cuando en España la labor de recuperación de la memoria histórica aún levanta ampollas entre ciertos sectores de la derecha, en el campo de batalla de Gettysburg hay un monumento en memoria de cada uno de los regimientos, nordistas y sudistas, que dejaron aquí su vida. En cualquier caso, una cosa sí parece clara. De haber ganado los sudistas hoy Washington, la ciudad a la que llegamos después de cruzar la Mason and Dixon Line, los dos científicos cuyas aventuras que inspiraron la ultima novela de Thomas Phychon, no seria la sede del Capitolio, la Reserva Federal, el Lincoln Memorial, o el G. Washington Memorial, en cuyas escaleras Martin Luther King dijo aquello de I have a dream. Como no podía ser de otro modo, justo delante de la Casablanca me acuerdo de la mirada inquisitiva del policía de aduanas y busco en mis bolsillos algún objeto contundente para lanzarlo por encima de la valla de protección. Pero no lo encuentro y en una curiosa muestra de evolución personal nos largamos al archiconocido restaurante "El Jaleo" para tomar unas cervezas a la salud de los más de treinta soldados apellidados González que dejaron su vida en Vietnam, como recuerda el Vietnam Veterans Memorial, y en especial a la memoria de un tal González López, Adolfo.

Man on the moon.

En los diez días que llevo viajando por USA he recorrido más de dos mil quinientas millas sin superar nunca los límites de velocidad. He cruzado los estados de Nueva York, Rhode Island, Massachussets, Ohio, Pennsylvania, Maryland y New Jersey. Me he alojado en hoteles de carretera como Holiday Inn, Confort Inn, Days Inn, Hampton Inn, Budget Inn. He zapeado por más de treinta canales descubriendo anuncios de antidepresivos, programas de telepredicadores y un delirante reality-show en el que Ted Nugent, el famoso guitarrista que en los ochenta llegó a las listas de éxitos de medio mundo con el tema "En el país de las mil y una danzas", sometía a un grupo de jóvenes a toda clase de pruebas humillantes que escandalizarían al defensor de espectador más liberal. He comido Caesar Salads en McDonald´s por lo que me queda de vida y nunca agradeceré suficiente a la cadena Starbucks su ayuda para sobrellevar mi adicción a la cafeína con sus Double Expresso. En Nueva York he disfrutado con el musical de Vicente Minelli "The gran wagon "en la Bryant Place rodeado por más de quinientas personas durante la noche más calurosa del verano. He paseado por la alfombra del Casino Taj Majal, propiedad del magnate Donald Trump en Atlantic City. He recorrido las calles donde creció Bruce Springsteen y a las que dedicó su primer trabajo Grettings fromm Asbury Park. He admirado la belleza de las Niagara Falls una tarde desapacible de viento y lluvia. Me he visto obligado a mostrar mi pasaporte al barbilampiño encargado de un supermercado si quería comprar un pack de seis cervezas Budweiser. He conducido más de cincuenta metros en sentido contrario ante la protesta airada de los coches que me salían al paso. He presenciado un partido de fútbol femenino entre las selecciones de Usa y Suecia en un bar del extrarradio de Philadelphia donde se celebraba una bulliciosa fiesta de cumpleaños. He caminado por la Sexta Avenida bajo la fina lluvia de los aparatos de aire acondicionado solo para descubrir que el MOMA cierra todos los martes. He visto en la cuneta de una carretera el cadáver de un ciervo atropellado. En pleno estallido de la crisis del Medio Oriente, he estado a menos de tres metros del secretario general de las Naciones Unidas. Y en Baltimore, ante la tumba de Edgar Allan Poe, he recordado a mi viejo profesor J.M Valverde, el cabello blanco y la nariz afilada, marcando con sus largos dedos la cadencia monótona de los famosos versos del poeta para convocar el espectro de un cuervo golpeando la ventana de un salón donde Poe, sentado junto al fuego, repite una y otra vez dos palabras que son una elegía por todas esas cosas que ya nunca regresaran, Never more, never more, never more.

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