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La banalidad del mal. 0

Venga, lo diré cuanto antes y así matamos el asunto en la primera línea. Sólo hay una cosa que no me gusta de "Hijos del Tercer Reich": Su título en castellano. No sé a vosotros, pero uno oye "Tercer Reich" y la cabeza se le llena de nazis de mandíbula cuadrada gritando como sí tuvieran piedras ardiendo en la boca. Supongo que la culpa la tienen todas las películas bélicas que me chupé durante mi infancia. De hecho, una de ellas, "La Gran Evasión", me fascinó tanto que convertí al protagonista de mi primera novela en un tipo obsesionado con Steve McQueen huyendo de una patrulla nazi a lomos de una moto. ¿Significa esto que "Hijos del Tercer Reich" no incurre en el topicazo del nazi gritón, malcarado y más malo que un dolor de muelas? No del todo, pero la polémica que acompañó su estreno en Alemania fue, paradójicamente, por todo lo contrario.

Me explicaré.

"Unsere Mütter, Unsere Väter" es, en serie y alemán, lo que ensayó Clint Eastwood con "Cartas desde Iwo Jima": un intento de mostrar lo que hay al otro lado de las trincheras. Sólo que esta producción, estrenada en la cadena pública ZDT y seguida por más de siete millones de espectadores, gana por goleada porque lo hace con más valentía histórica. Todo empieza con sus cinco protagonistas en un bar de Berlín. La ciudad es una fiesta con derecho de admisión. Alemania ha roto el pacto germánico-soviético lanzando la Operación Barbarroja y el Tercer Reich toca con la punta de los dedos su delirio de una Europa aria. A tres de ellos les espera el frente ruso: Los hermanos Wilhem y Friedhelm, y la enfermera voluntaria Charlotte, secretamente enamorada del primero. Los otros se quedan en Berlín. Ella, Greta Deltorres, intentando triunfar en el mundo de la canción. Su novio Viktor, un sastre judío, intentando escapar.

Lo que sigue a este encuentro es un viaje al centro del horror. "Cuando vas a la guerra, al principio luchas por la patria. Más tarde, cuando empiezas a dudar luchas por los camaradas, para no dejarles en la estacada. ¿Pero qué ocurre cuando ya no queda nadie? ¿Cuando estás solo? ¿Cuando ya sólo puede mentirte a ti mismo? ¿Por qué luchas entonces?», reflexiona un desencantado Wilhem en una trinchera rusa.

Vale, de acuerdo. Pero, ¿dónde está la polémica?

Paciencia. No hace falta saber mucho para sospechar que el género bélico se pasa por el forro el rigor histórico si este puede fastidiarle el final de una historia. Y una historia, según marcan los cánones, es buena cuando al final ganan los buenos. Es decir: los que ponen la pasta de la producción. "Unsere Mütter, Unsere Väter" coge este principio, y obligado por el desenlace de los hechos, le da una vuelta narrativa provocando un efecto inquietante en el espectador: su identificación en algún momento de la serie con alguno de sus protagonistas. Me apostaría mi colección de vinilos a que Hannah Arendt lo fliparía si pudiera verla. ¿Por qué estoy tan seguro? Porque, como denunció la autora de "La banalidad del mal", consigue mostrar que el rostro de la locura nacionalsocialista era el de gente con emociones y sentimientos tan humanos como los de cualquier hijo de vecino. Nada de tipos con la mandíbula cuadrada gritando como sí tuvieran la boca llena de piedras ardiendo. De ahí que a la serie se le haya acusado desde su estreno de humanizar a los nazis. ¿Alguien se imagina una serie similar sobre el pasado colaboracionista de la Francia de Vichy? ¿O sobre la Guerra Civil de un país con más de 80.000 víctimas aún sepultadas en fosas comunes? Pues cuando dejéis de partíos la caja, salid corriendo al videoclub más cercano y alquilarla ya (sí aún no la habéis visto) porque el resultado es un puñetazo en la cara a esa Alemania que hoy dirige los destinos de Europa, recordándole las cenizas de las que surgió.

Por cierto: "Unsere Mütter, Unsere Väter" quiere decir: Nuestras madres, nuestros padres. ¿Más claro? Agua.

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