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La edad de oro. 0

Si la memoria no me falla, la primera serie que recuerdo fue Crónicas de un pueblo. La dirigió Antonio Mercero (sí, el de la ínclita Verano Azul) y era un retrato amable del carácter patrio con la moraleja añadida de que aquí, pese a nuestras cosas, somos todos buena gente. Vamos, como el anuncio navideño de Campofrío -ya sabéis, esa empresa de capital chino que se empeña en levantar el ánimo general a base de chopped envasado- sólo que en un pueblo y sin embutido deslocalizado. Cuentan que la idea se le ocurrió a Carrero Blanco, el vicepresidente del Gobierno a quien luego ETA haría saltar por los aires, para divulgar el Fuero de los Españoles, y fue la serie que más lo petó en una época donde Heisenberg sólo era un físico alemán que había puesto patas arriba la ciencia con su Principio de la Incertidumbre , y los únicos que se despedían diciendo "Winter is coming" eran los hombres del tiempo de los países de la Commonweatlh.

Afortunadamente, Los protectores nos salvaron de convertirnos en la reserva espiritual de Europa. La serie debía su setentero nombre a una organización secreta con base en Londres, y sus protagonistas eran Harry Rule (Robert Vaughn), la sofisticada condesa Carolina Di Contini (Nyree Down Porter), y Paul Buchet (Tony Anholt), experto inventor de artilugios. Luego llegó Un hombre en casa, una sitcom sobre tres jóvenes compartiendo apartamento, y sus dos spin-off. El nido de Robin y Los Roper. Estábamos convencidos que una serie no valía la pena sí no tenía el sello de Thames Production cuando llegaron los americanos y nada volvió a ser como antes. El futuro se convirtió de pronto en un sueño donde conducíamos un Ford Torino rojo con una franja blanca como el de Starsky y Hutch, y nuestra novia lucía una larga melena rubia como Farrat Fawcet Majors en Los Ángeles de Charlie.

Ninguno de estos títulos formara parte de la Edad de Oro, como algunos califican la actual proliferación de series de éxito. Si mis cálculos no fallan, cada cinco minutos se estrena una serie dispuesta a revolucionar los cánones del género. Los premios anuales de la industria se aguardan con la misma expectación que los Oscar. Se presume de seguidores aireando el número de descargas ilegales en Internet, y no hay un solo diario que carezca de una sección informativa sobre futuros estrenos. Las series se han convertido en un fenómeno de tal magnitud que la satisfacción de los ciudadanos pronto se medirá por audímetros, y los excluidos sociales serán los pobres desgraciados que aún no hayan descubierto su serie favorita.

Juego de Tronos es la mía. Por un montón de razones. La última se llama Gigamesh y es el nombre de una editorial. También de una librería. La cuestión es que, gracias a los 1200000 de ejemplares vendidos de Canción de fuego y hielo, podemos contar con una nueva librería en Barcelona. Un auténtico brote verde. Sobre todo, si recordamos que el número de librerías obligadas a echar el cierre en los últimos tiempos sólo es comparable a la afición de George R.R Martin a cargarse sus personajes.

Las series al rescate de los sectores más castigados por la crisis. No parece una mala idea. Con tantas y tan excelentes, seguro que encontramos en sus guiones soluciones imaginativas para salir del bache. Así, a bote pronto, los jubilados con huerto aprenderían de Weeds la rentabilidad de algunos cultivos alternativos y así no tener problemas para llegar a final de mes con sus pensiones congeladas. Pero seguro que hay más ideas. Todo es cuestión de ponerse. ¿Quién sabe? Si la fórmula funciona tal vez nos ahorremos el enervante anuncio navideño de Campofrío del año que viene, y, así, no recordaré con vergüenza cada vez que lo vea que mi primera serie salió de la cabeza del llamado a suceder a Franco. Glups.

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