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MÚNICH 0

Munich está muy bien. Tiene el casco antiguo fusilado por franquicias, pero los músicos callejeros no te dan la brasa con los éxitos de la radio y la cerveza es cojonuda. Aquí, sentado con una helles, que es como se conoce al líquido ambarino que tengo delante de las narices, me ha dado por pensar en Guardiola. ¡Qué original! ¿verdad? Se me ha ocurrido (fijaos bién qué ideas tiene uno) que si el de Santpedor llega a ganar la Champions en su etapa como entrenador del Bayern habría estado muy chulo que, en agradecimiento a sus orígenes, la capital de Baviera hubiese hecho realidad las palabras de Francesc Pujols. Si, hombre, aquel filósofo tan simpático que auguró que un día los catalanes tendrán todo pagado allá por donde vayan. Una utopia cojonuda, ¿no os parece? El mundo convertido en un resort y nosotros, los elegidos, disfrutando por la patilla de todos los placeres sólo con mostrar nuestra pulsera cuatribarrada. Nada de este interminable viaje a Itaca por mares llenos de toda clases de peligros, y con esas metáforas marineras tan poéticas como incomprensibles para quienes nunca hemos podido fardar de barquito familiar. Y lo mejor de todo, para tener derecho a este exclusivo privilegio no es necesario contribuir a la paz mundial, ni ningún otro mérito igual de noble y filantrópico. Basta con haber nacido en el córner nordeste de la península, y ya puedes marcarte un "sinpa" sin temor a que el camarero salga de la barra y te agarre por el cuello para recordarte tus obligaciones comerciales. Esto sí que es un sueño revolucionario en sintonía con los tiempos que corren, y no la fantasía trasnochada y demagógica de algunos, cantando puño en alto "El pueblo unido jamás será vencido" de Quilapayun.

Claro que, ahora que lo pienso, me pregunto si mi pequeña familia y yo entraríamos en la categoría de lo que Pujols entendía por catalanes. Lo digo porque en términos nacionalistas somos de los que provocan una parálisis cerebral al eugenésico suprematista de turno. Claudia tiene el singular honor de ser la primera ciudadana alemana nacida en el gerundese pueblo de Porqueres, y yo no elegí nacer en Barcelona pero sí rechazé jurar fidelidad a la bandera española declarándome objetor de conciencia mucho antes de que Gabriel Rufián aprendiera a balbucear necedades sobre ella en 140 caracteres. El resultado de esta iconoclasta unión son dos retoños trilingües que se pelean en el lenguaje universal de los puños, y cuya doble nacionalidad espero que les vacune de cualquier inflamación patriótica. ¿Por qué? Pues porque un virus muy extendido entre los exaltados de una y otra nación es culpar a los demás de los problemas propios, y yo soy de los que sostiene la paradójica teoria de que esa clase de patologías son más difíciles de contraer cuando, en lugar de enorgullecerte de una decisión que han tomado por ti, eres tú quien tiene la posibilidad de elegir entre dos opciones.

En cualquier caso, estas ociosas reflexiones le importan un carajo al camarero. Y dicho sea de paso, también a mi pequeña familia, más interesada en devorar un plato de suculentas salchichas tras patear media ciudad intentando cazar pokémons bajo un asfixiante sol de julio. Es lo que le pasa a la gente que tiene preocupaciones reales como saciar el apetito, o llegar a final de mes. Que no disponen de tiempo ni ganas para construir castillos en el aire como hago yo ahora con esta cerveza, las palabras de Francesc Pujols y los tres años de Guardiola en el banquillo de Bayern de Munich. Hacen bién porque supongo que así se ahorran disgustos y no buscan chivos expiatorios en patio ajeno si algunos sueños acaban en pesadillas distópicas. Lo que me lleva a pensar otra vez en Guardiola y su despedida de la afición bavaresa. ¿Habéis visto las imágenes de la Marienplatz abarrotada de gente? Las banderas rojiblancas, los cánticos, el ambiente de fiesta. Han sido tres largos años en Munich y es improbable (por no decir imposible) que alguien en la ciudad (y por extensión, en toda Alemania) ignore lo que el entrenador más molón de Europa piensa sobre su lugar de origen. Retened ahora su cara cuando empezó a sonar por megafonia los acordes de Que Viva España. ¿La tenéis? Pues con ese mismo jeto de circunstancias me he quedado cuando el camarero ha traído la cuenta, y con un golpe de realidad he bajado de las nubes para descubrir que las palabras de Francesc Pujols seguirán siendo eso, otra bonita utopía para pasar el rato.

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