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HIPSTERS, POLILLAS Y APOCALIPSIS 0

Cuando era niño y cruzaba la península sentado en la parte trasera de un Seat 850 rojo Madrid era ese lugar donde "en verano se asan los pájaros". Lo decía mi madre y el paisaje desértico de los Monegros no contribuía precisamente a desmentir su categórico juicio. Kilómetros y kilómetros de tierra calcinada bajo un sol abrasador. Madrid aparecía ante mis ojos de niño como un lugar telúrico y aniquilador, una impresión de la que no consigo librarme, aunque han pasado cuatro décadas, cuando desciendo en Atocha y el termómetro de la estación marca 37 grados a la sombra. Madrid se quema, se quema Madrid. Arden las calles y la gente combate el calor sofocante despojándose de toda la ropa innecesaria. Se humedecen las miradas, la carne se inflama, los comentarios se vuelven lascivos. Entregada a la lujuria, una plaga azota la ciudad y no me refiero al ejército de polillas que en su ruta a Escandinavia ha encontrado cobijo en el armario de los madrileños. Hablo de los hipsters. Con sus bermudas, sus barbas desaliñadas y sus gorras de visera, están por todas partes. En los bares de Malasaña. En las terrazas de La Latina. En espacios molones como El Matadero, un equipamiento cultural de gestión privada a orillas del Manzanares, donde acudimos para asistir al festival de cortos Notodofilm.es. Según los expertos en este tipo de plagas, los hipsters escuchan pop, folk y electrop que sólo conocen en su casa, se desplazan en bicicleta de paseo, plegable y urbanas, o en longboards si las distancias son cortas. Ingieren comida rápida pero de calidad, aunque crecen los adeptos por la cultura vegetariana. Adoran en cine de Wes Anderson, y trabajan en oficios relacionados con el mundo artístico y las letras. Aunque las autoridades advierten que son inofensivos, optamos por establecer un cordón sanitario para evitar contagios, y nos largamos con viento fresco antes de que sea demasiado tarde.

Descubrir que Barcelona no es la única ciudad bajo los efectos devastadores de esta plaga es la segunda señal del Apocalipsis. La primera la he encontrado en los titulares de la prensa del día. Hablan sin excepciones de los casos de corrupción en Catalunya. Aquí el infierno también son los otros, como decía Sartre. Buscando un resquicio para la esperanza hojeo la prensa deportiva y descubro que Messi está siendo investigado por fraude fiscal. Definitivamente, estamos condenados. Somos almas en pena vagando por las tinieblas. Arrepentíos. El fin del mundo está cerca. Si el Apocalipsis es inminente, mejor nos pille con el estómago lleno, así que nos refugiamos en el mercado de San Fernando. Situado en Lavapiés, el antiguo barrio judío de la ciudad, su historia reciente ofrece una lección muy instructiva para los malos tiempos que corren. Con sólo el 20% de su superficie funcionando, la gerencia convocó hace un par de años una asamblea para evitar el cierre en La Tabacalera, una antigua nave industrial reconvertida en centro social donde descubrimos la tercera señal del Apocalipsis. Dibujada con el trazo tembloroso de las caras de Velmez, un retrato gigante de Arias Navarro nos advierte: Españoles, Franco ha vuelto. Colectivos vecinales se implicaron para sacar adelante esta plaza de abastos, y hoy el Mercado de San Fernando combate la crisis con autogestión, originales negocios como La Casquería, una librería donde se venden libros de segunda mano a 10 euros el kilo, y un buen rollo general que puedes regar con vermut casero y cerveza artesanal, y acompañar con. Quizás la solución encontrada por la gerencia de este mercado sea el camino a seguir, la dirección que debe guiar nuestros pasos para sobrevivir al Apocalipsis y no pienso solo en gastronomía, aunque nuestra siguiente parada es La Cala de Cádiz, en Los Tres Peces, un local de paredes forradas con fotografías de Camarón, camisetas del Cádiz Club de Fútbol y cuadros de inspiración vagamente moruna, donde nos entregamos a la gula entre papelones de ortiguillas, calamares y bienmesabe, todo bien regado con unas cuantas cañas de cervezas.

Saciada nuestra gula, con los hipsters en el Limbo y la lujuria campando a sus anchas por las calles ardientes, llega el momento de abandonarse a la pereza en una terraza esperando que caiga la noche y el calor nos conceda una tregua. El infierno mola. Mola más que el cielo, donde nunca pasa nada, como cantaba David Bryne en Stop Making Sense. Mola sus crepúsculos, los tejados de sus edificios, donde transcurrían las aventuras de El Golfo, un personaje de Cessepe que me fascinó durante mi adolescencia, cuando compraba mis discos por correo y escuchaba Golpes Bajos, Radio Futura y los primeros Siniestro Total. Mola La Lirio, el restaurante donde cenamos con mi amigo Alfonso, quien estrenó la semana pasada su película Vigor en la sala Azcona. Mola el Coconut, en San Roque, donde bebemos un gin-tónic con Nadia de Santiago, la única actriz por la que fundaría un club de fans y me haría su presidente vitalicio. Molan las croquetas de Casa Labra, cerca de Sol, que descubro al día siguiente gracias a mi primo José Vicente. Incluso mola el camarero de Cruz La casa de las navajas, en el Rastro, porque se deja la garganta cada vez que pide la cuenta para descojone de mi amiga Raquel.

Sin embargo, para sobrevivir al Apocalipsis nos va a hacer falta algo más que cañitas, papelones de calamares, mercados autogestionados y atardeceres de película. Nos va a hacer falta humor, algo de lo que mi hermana Silvia, la chica de pelo rojo con la sonrisa más contagiosa de la galaxia, sabe un rato; y también saben del asunto Pascual, Ana, Mar y Rebeca, que me acompañan en este descenso a los infiernos. Sospecho que todos son seguidores clandestinos de la Patología, una religión sin dogmas, fundada por Leo Bassi, con sede en la Travesía de la Primavera, que sacraliza el humor por encima de todas las cosas. Su único ídolo es un pato de bañera que representa el optimismo, el espíritu lúdico y el derecho a la burla. Celebran los solsticios, el Carnaval y el Milagro de Viento que saboteó el discurso del Papa en el cierre de las Jornadas Mundiales de la Juventud el 20 de agosto de 2011. Puede que todo esto suene a herejía, pero me temo que es la única arma para defendernos de la avaricia, la violencia, el fraude y la traición que nos gobierna y sobrevivir al Apocalipsis que se avecina. De lo contrario, como decía Dante en La Divina Comedia, "abandonad toda esperanza".

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