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Vale, de acuerdo: no debería estar aquí. Debería estar Barcelona asistiendo con Claudia a una clase pre-parto para conocer las ventajas del masaje perineal y las bolas chinas. Aún no ha nacido nuestro hijo y ya estoy incumpliendo con mis obligaciones paternales. Podéis insultarme sin piedad. Oigo desde aquí vuestros reproches y los acepto sumiso. Lapidadme. Colgadme, si quieres. En mi defensa sólo puedo decir que como penitencia, cuando llegue mi hermana en el vuelo de Madrid, con su pelo rojo y la risa más contagiosa de la galaxia, pienso darle la bienvenida cantándole el más desgarrador de los fados. ¿Satisfechos?

Abucheado por toda la zona de llegadas del aeropuerto en pleno, pero con la conciencia más tranquila, una hora más tarde estamos con Ricardo en la terraza del Chopitó, un centro cultural en la Alfama, con el puente de 25 de abril al fondo y el río Tajo a nuestros pies. Como hijo de extremeños nacido en Barcelona nunca he tenido muy claro eso de la identidad nacional. Apellidaos González y vivid veinte años bajo el mandarinato de Pujol, y sabréis de qué estoy hablando. Veranead otros tantos en el pueblo de vuestros padres y sufrid la nula simpatía que despiertan los catalanes más allá del Ebro, y os haréis una idea aún más precisa. Desde 1714 Catalunya no encuentra su encaje en eso que persiste en llamarse España, y un par de siglos antes los extremeños salieron al paso del añorado el rey Sebastián para implorarle ser portugueses. He crecido, por tanto, entre el desapego victimista de unos y los anhelos frustrados de los otros, así que no tiene nada de extraño que en Lisboa me sienta como en casa porque estos dos rasgos son los que mejor definen las complejas relaciones que mantiene Portugal con sus vecinos del otro lado de la península. Vamos, que aunque mi pasaporte diga otra cosa, soy tan de Lisboa como los pastelitos de Belem, el transbordador que cruza el Tajo, el olor a sardinas de las tascas de la Alfama, los fados vadíos que se cantan el día de San Antonio, o la imperial Super Bocks que estamos bebiendo en estos momentos.

El secreto de la belleza de Lisboa, lo que hace que esta ciudad sea como es, son sus miradores. Los hay por todas partes. Graça, Penha de França, Senhora do Monte, Santa Luzia, Sao Pedro de Alcântara. Sin el poder metafísico de sus miradores, con toda probabilidad Lisboa no hubiera sobrevivido a un terremoto, dos guerras civiles, una revolución y un golpe de estado en forma de rescate económico. Ponga un mirador en su vida y verá las cosas de otra manera. Todo parece distino a cierta distancia del suelo. Rectifico: todo ES distinto. Menos grave y pesado. Un mirador es una invitación a tomarse unos minutos de calma. A reflexionar sobre la fugacidad de la vida, el paso del tiempo y la futilidad de los problemas. Un regalo para adoptar la famosa pose de "El pensador" de Rodin y elucubrar sobre los fracasos sentimentales, los amigos que se pierden, y los golpes de la fortuna.

Desde uno de estos miradores, el de Santa Caterina, con el magnífico espectáculo del Tajo desembocando en el Atlántico después de atravesar toda la meseta ibérica, mi amigo Gonzalo me desvela al día siguiente otro de los secretos de Portugal. Para que aprendan los mitos fundacionales de su cultura los niños leen en el colegio Mensagem, un libro de poesía de F. Pessoa, cuya estatua se encuentra en la Rua Garret y es una de las más fotografiadas por los turistas que visitan la ciudad, aunque me jugaría el cuello que muy pocos han leído una sola página de su densa obra. Como el rey Sebastián, de quien aún se aguarda su liberador regreso, Adamastor es uno de ellos. Su historia es más o menos como sigue: Vasco de Gama llega al cabo donde donde se juntan el Atlántico con el Indico y allí se encuentra al monstruo Adamastor que le impide el paso, iniciándose entre ellos una batalla dialéctica de la que sale victorioso el navegante portugués. El cabo pasa a llamarse desde ese momento el Cabo de Buena Esperanza y los niños aprenden por el mismo precio dos cosas. Que un portugués siempre debe resolver sus problemas hablando - aunque habría que preguntar que piensan al respecto en Angola, Mozambique, Cabo Verde, Timor y los demás territorios que formaron parte de su cruento imperio colonial hasta la revolución de los claveles en 1974, - y que nunca debe perder la confianza en el poder de las palabras. De hecho, por norma general un portugués no suele emplear tacos. Si viajas a Lisboa y oyes a alguien decir Caralho, no lo dudes un instante: es un gallego cabreado.

Sin embargo, lo que más me flipa del mito de Adamastor es que en el pasado, hace muchos siglos, cuando el continente americano no había sido descubierto, cada vez que contemplaban el mar los portugueses creían que más allá del horizonte estaba el fin del mundo, un abismo insondable habitado por extrañas criaturas y seres monstruosos. Lo que significa que el alma de Lisboa se ha forjado con la conciencia de ser el pueblo que miraba a los ojos de lo desconocido, de la oscuridad, de las tinieblas. Debe acojonar un huevo eso de levantar los ojos y ver el rostro de la muerte mirándote fijamente, pero explica porqué los buenos fados deben ser interpretados con ese tono de lamento patibulario que se conoce como saudade.

Si pese a todo esto sigue sin entenderse donde reside la magia de esta ciudad, lo mejor es descubrir su capacidad para obrar milagros. Para ello, primero hay que dar un paseo por la orilla del Tajo desde el monumento de los Descubridores hasta la Torre de Belem, con el monasterio de los Jerónimos al fondo, durante una soleada mañana a finales de verano. Desde allí, hay que llegarse al otro lado del río y en Ponto Final disfrutar de unas sabrosas sardinas con vino blanco,mientras se contempla una de las mejores vistas del estuario en el muelle de Cacilhas. Aunque pilla un poco lejos, el café es mejor degustarlo en la famosa A Brasileira del Chiado. Un breve paseo basta para fisgonear después en la histórica librería Bertrand, o comprar un cuaderno azul portugués de los que Paul Auster dice ser tan aficionado. Luego, lo mejor es un cocktail en el restaurante Buenos Aires para abrir el apetito antes de cenar en la Taverna 1300 LX, en el barrio de Alcántara, y acabar finalmente en la terraza de El Chat, entre Lapa y Santos, con la ciudad iluminada a tus pies. Llegado ese momento estarás tan enamorado de esta ciudad de tranvías perezosos, calles adoquinadas y olor a salitre, que en tu cabeza se producirá un insólito fenómeno psíquico. Tu amor por Portugal será tan grande que hasta Mourinho dejará de parecerte el cretino egomaníaco que realmente es. Lo dicho: un auténtico milagro.

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