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Debe ser algún rollo generacional, o algo parecido, pero cada vez que pensaba en Suecia me venían a la cabeza las plataformas de vértigo que llevaba la rubia de Abba cuando ganaron Eurovisión con Waterloo. Cosas de mi memoria y su extraño sistema de almacenamiento de datos. Ese año España volvió a hacer el ridículo con Peret y su "Borriquito como tú". ¿Alguien lo recordaba? La cuestión es que desde entonces he pensado que el mundo pertenece a los suecos porque miran el mundo dos palmos y medio por encima del resto de los mortales. ¿Necesitáis pruebas? Pago un menú degustación en El Bulli a quien sea capaz de hacer una lista con el nombre de más de veinte amigos que NO tengan en su casa un objeto comprado en Ikea ¿No tenéis suficiente? Haced lo mismo con la trilogía de Stieg Larsson, Millenium, y sabréis de qué estoy hablando.

Todo esto viene a cuento porque acabo de pasar el fin de semana en Estocolmo celebrando mi aniversario con mi hermana. Os la presento: se llama Silvia, tiene el pelo rojo y la risa más contagiosa de esta parte del sistema solar. Mi hermana es al mal rollo lo que la kriptonia para Superman, el mejor antídoto, y además posee otros superpoderes. Pensad en una ciudad del mundo, la que sea. En cinco segundos os dirá el modo más rápido y económico de llegar hasta allí y el número de teléfono de un colega suyo que os abrirá las puertas de su casa para ofreceros alojamiento. Esta es mi hermana. Y esto que me cae por la comisura del labio derecho: un hilillo de baba.

Pero a lo que íbamos. Mi archivo mental sobre Suecia también contiene información de las películas de Bergman (bien!), del asesinato de Olof Palme (ohhh! ) de Roxette y Europe (puajj!) y desde ahora de la belleza líquida de las calles de Estocolmo (guau!!). Olvidaos de Venecia con sus canales pestilentes y sus gondoleros unicejos, y grabaos estas cuatro sílabas en vuestra agenda de viajes: ES-TO-COL-MO. Una guía turística confirmaría lo que digo, pero en ninguna de las librerías donde busqué antes de tomar el avión tenían guías sobre esta ciudad, lo cual confirma que estos vikingos no tienen un pelo de tontos. Quizás sólo sea casualidad, llamadme paranoico si queréis, pero no tendría nada de extraño que esta gente pusiera toda clase de trabas para evitar que su ciudad sea pasto de esa plaga bíblica que es el turismo contemporáneo. En Barcelona nuestras autoridades son tan ignorantes y necias que no han comprendido las ventajas de esta verdad tan básica y así nos luce luego el pelo a todos, condenados a ser abordados (un día sí, otro también) por hordas de turistas despistados para preguntarnos cual es el camino para ir a la puta Sagrada Familia.

Sí, vale. En Estocolmo hace un pilingui que te mueres y a las cuatro de la tarde en invierno está más oscuro que la boca de un lobo (me pregunto qué clase de persona haría una cosa así para saberlo). A nadie debe extrañarle que los vikingos aprovecharan la menor oportunidad para salir de aquí por patas y arrasar todo cuanto encontraran a su paso. Ni tampoco que, siglos más tarde, familias enteras de luteranos ortodoxos llegaran a las costas de América buscando tierras más cálidas y fértiles. Pero tal vez os interese conocer el siguiente dato: Estocolmo es la ciudad del mundo con mayor número de gente guapa por metro cuadrado. La más fea de aquí ganaría con la gorra el título de Mis Camiseta Mojada de cualquier discoteca española, y el fenómeno no se circunscribe únicamente al género femenino. Mi hermana sería capaz de meter la mano en un nido de ratas antes de afirmar lo contrario.

Para comprobar todo cuanto estoy explicando basta con ir al Jazzbrunch, en la plaza Mösebakketorg 3. Allí puedes ponerte hasta las cejas en su buffet libre mientras te las das de tipo interesante escuchando la música en directo de una banda de jazz. Eso sí, el nivel medio de belleza es intolerablemente alto, así que absténganse quien tenga problemas de autoestima. Otra alternativa menos calorífica es el Bakverket, Bondegatan, 59. En todos los años que llevan ofreciendo suculentos desayunos a base de zumo de limón, embutidos, yogurt, pan de todas las clases, ensalada de canónigos con soja y sésamo y el mejor café de la ciudad, no consta la entrada en el local de ningún turista. Muy cerca de allí está la librería Söderbokhanden, Götgaten 33-43. Fundada en 1927 sus estanterías de madera contienen más de quince mil volúmenes y un dato inquietante: ninguno de ellos dedicado a la literatura española. No olvidéis este nombre. Anne Larsson. Esta abogada fiscal, hija de una familia de puritanos ortodoxos, aprovechó el año de baja por maternidad que concede el gobierno sueco (nuestra socialdemocracia de juguete se jacta de ofrecer la friolera de quince días) y hoy es un éxito de ventas en un país donde escribir novelas sobre cómo matar a tu vecino y que luego venga un tipo muy listo y lo descubra, es casi un deporte nacional. Esto sí que es un milagro del estado bienestar.

Pasado el momento cultureta, un vino caliente con pasas y canela es el mejor reconstituyente si te da por callejear bajo la nieve en Gamlastan, el barrio más antiguo de la ciudad. Desde su embarcadero, muy cerca del Palacio Real, salen barcos cada quince minutos hasta la isla de Djurgärden para hacer el kumbayá y sentir el contacto con la naturaleza escandinava y todas esas cosas. Claro que si buscas algo más canalla en la zona de Sölderman hay un montón de bares que harán que te sientas como el puto Tony Manero en Fiebre del Sábado de Noche. Es entonces cuando habrá llegado la hora del Momento Epifánico del Viaje. De la Gran Verdad Revelada. Del Instante del Supremo Descubrimiento. Los suecos son más altos: Sí,está bién. Más listos: Humm, de acuerdo, vale. Más guapos: Ya nos ha quedado dolorosamente claro. Pero mi lavadora de quince años tiene más sentido del ritmo que la mayoría de todos ellos. Las paredes del Indigo, en Götgaten, son testigo a diario que no saben bailar - a no ser que moverse espasmódicamente como si acabaras de meter los dedos en un enchufe sea aquí lo que se entiende por bailar. Es en ese momento cuando te reconcilias con tu condición de latino patilludo, y saliendo de las catacumbas de tu memoria, te viene de pronto a la cabeza el estribillo de aquella infame canción de Peret ¿La recordáis? "Yo sé más que tú".
Pues eso: Tururú.

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