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CRÓNICA DE UN VIAJERO CABREADO 0

7 de julio.

Por un montón de razones personales que no vienen al caso este viaje a Dublín me produce tanta ilusión como una visita al urólogo, pero lo contraté hace ya unos meses y quizás no me vaya mal olvidarme de todo por unos días. Cinco segundos después de localizar mi asiento ya me he dado cuenta de lo muy equivocado que estaba. Aunque se trate de una compañía de chichinabo como Air Lingus, en el protocolo para disfrutar de un feliz viaje debería incluirse la recomendación de no sentarse jamás junto a una pareja de italianos con pinta de traficantes de armas, de esos que salen en las películas de Kusturica. Uno de ellos no se ha quitado aún las gafas de sol, lleva encasquetado una suerte de panamá de color pajizo y luce sobre el pecho un medallón con la imagen de una virgen siciliana. El otro es más atildado aunque parece incapaz de mirar a las azafatas pelirrojas y rollizas, (en particular), - y al pasaje femenino, (en general)-, sin practicarles con su mirada lúbrica un uterino cunilingus al más salvaje estilo Rocco Sifredi. Espontáneamente, mis neuronas empiezan a convocar toda suerte de dolorosas y largas torturas a las que los sometería que me ayudan a soportar la situación, mientras sospecho que quizás no haya sido tan buena idea dejar la medicación en casa.

Mi llegada a Dublín, contrariamente a lo que suponía, no calma mi volcánico estado de ánimo. Después de dos horas y media torturando mentalmente a los dos traficantes de armas (deberíais haber oído sus gritos en mis pensamientos) soy lo más parecido a un Anticristo llegado desde la mediterránea "millor botiga del món" para anunciar el fin del mundo. Cuando descubro con sorpresa que el hotel donde me alojo sólo se encuentra a sólo unos pocos números de la iglesia donde Haendel estreno su famoso Mesias, pienso que sólo puede tratarse de una broma sarcástica del guionista que vive en el cielo y en quince minutos ya he encontrado refugio en el Temple Bar, un pub amplio y acogedor, con las paredes forradas de madera oscura, y una botillería que haría recaer al abstemio más recalcitrante. Son las dos y media de la tarde, afuera está nublado y sopla un viento frío del norte. En un mundo paralelo ahora mismo hay un turista irlandés tan cabreado como yo recién llegado a Barcelona en una terraza de la Ramblas con una jarra de sangría peleona y a punto de comerse una paella de esas que se hacen en cinco minutos. (Probablemente los cinco minutos más misteriosos del mundo gastronómico.) Estoy tentado de pedir una Estrella tarareando la estúpida cancioncilla de su anuncio de televisión sólo para ver la cara de perplejidad que pone el camarero. Pero en lugar de eso, pido una Kilkenny que me ayude a hacer bajar el Toasted Special de la casa mientras suena en el estéreo "Los tiempos están cambiando", de Bob Dylan. Y tu que lo digas, colega.

8 de julio.

Con una tremenda resaca me encuentro junto a la única cosa en el mundo semejante el desarreglo neuronal que sacude mi cerebro: la cabeza hueca de la estatua de James Joyce. He venido hasta aquí paseando a duras penas por la orilla de Liffey, el río de aguas oscuras y tranquilas que cruza la ciudad, en un día frío y nublado. La estatua se encuentra en las esquinas de las calles O`Connell con North Earl, dos vías peatonales llenas de tiendas que convierten la figura de bronce en una suerte de triste reclamo para turistas con ínfulas culturetas, como yo. Prueba de ello, es que media hora más tarde soy el único visitante que recorre las plantas de la vieja casa de estilo georgiano donde se encuentra el magnífico James Joyce Centre. Al fin y al cabo, Joyce nunca ocultó su desapego hacia todo lo que oliera irlandés, pese a ser uno de los más mundialmente conocidos; y en cierto modo puedo llegar a comprenderlo. En algún momento de la ruta etílica de ayer recuerdo vagamente entrar en el The Old Dubliner, un pub donde debió reunirse el Sinn Fein para conspirar contra la corona inglesa, y si no era así, el puto cantante que berreaba al micrófono viejas canciones sobre la hambruna que asoló la isla el siglo XIX y su coro de parroquianos hacia que lo pareciera. No tengo el melón para mucha actividad cerebral pero creo que debe existir algún misterioso mecanismo psicológico por el que la gente prefiere atribuir el origen de todos sus males a los demás, recreándose en el papel de victima. (No sé porqué pero algo me da que estoy pensando en otras cosas) El músico en cuestión, por ejemplo, parecía encantado de recordar las injusticias a las que históricamente se ha visto sometida la pura, virginal e inmaculada Irlanda. Claro que si no fuera así, ¿de qué carajo iba a vivir con esa voz de luchador de sumo ronco? La nostalgia política es como la endogamia aristocrática: provoca hemofilia, infantilismo y debilitamiento mental, - ahí están nuestros borbones para demostrarlo. Antes de que siga soltando más gilipolleces mejor me largo a una acogedora "public house" que está empezando a llover.

9 de julio.

A la entrada del Bruxelles, en Grafton Street, hay una estatua en memoria del alma mater de Thin Lizzy. Me siento en un rincón y pido la primera Guinness del día. Son la tres de la tarde. En el Bruxelles no faltan las paredes forradas de madera, la espectacular botillería detrás de la barra donde se han acodado millones de santos bebedores desde su lejana fundación, ni las pantallas de televisión que retransmiten un acontecimiento deportivo. Su ambiente, sin embargo, es mucho más relajado y sereno que la mayoría de los pubs que ya conozco, una apreciación a la que sin duda contribuye, y mucho, el hecho evidente de que estoy prácticamente sobrio. Si algún día elaborara una lista de bares del mundo donde he bebido, el Bruxelles ocuparía un lugar destacado, sin ninguna clase de dudas.

Sentada a mi lado hay una joven pareja con un carrito donde berrea sin parar su hijo de apenas unos meses. Sorprende el número de jóvenes parejas con hijos que hay en Dublín, especialmente en los barrios de la periferia. Supongo que la razón hay que buscarla en el asfixiante poder que ha tenido la iglesia católica en esta isla con su estrecha moral en materia sexual, algo que no ha impedido que recientemente haya salido a la luz pública un bochornoso escándalo sobre los abusos que se cometían durante décadas en sus sórdidos orfanatos. No sorprende tanto, en cambio, los numerosos grupos de estudiantes que viajan hasta aquí para aprender ingles. Franceses, italianos y en especial, españoles. Son fáciles de identificar porque van en manada, hablan tres octavas por encima de lo necesario para entenderse, y suelen ser clientes habituales de las tiendas de souvenirs, donde igual puedes adquirir una camiseta de la aclamada selección de rugby, ganadora del 5 naciones 70 largos años después, un calendario irlandés gracias al cual puedes aprender las siete maneras diferentes de referirse a la lluvia que hay en gaélico, o una reproducción en miniatura de cualquiera de los seres mitológicos que Yeats inmortalizó en su célebre "El crespúsculo celta." En mi caótico deambular por la ciudad he visto también un grupo de turistas israelíes de la generación de pioneros, admirando boquiabiertos la proclamación de Independencia de la Republica de Irlanda durante la visita a la Biblioteca del Trinity College. (El momento tiene su punto histórico, pero no me entretengo mucho a reflexionarlo). A una monja con cara de bulldog, ancha y robusta como un defensa de hurling, el incomprensible deporte nacional irlandés, con una gorra gris donde podía leerse su país de procedencia, Lietchenstein, que me miró con hostilidad, mucha hostilidad, cuando no puede contener una disimulada sonrisa mientras paseaba por Grafton Street, donde se rodaron algunas escenas de la película Once. Por todas parte me he cruzado con un autobús amarillo de una empresa dedicada a organizar tours por el Dublin normando lleno de chavales con cascos de vikingos que gritaban como si fueran a tomar la ciudad de un momento a otro, - tres de ellos, en una ocasión, más negros que el color de la sotana de los curillas que salen continuamente a mi paso. He visto a bebedores solitarios con la nariz del tamaño de una patata y tan rojas como un tomate, apoyados en la barra con la doble barriga que les crecía bajo el pecho. A bebedores en grupo que miraban las carreras de caballos en la televisión y mandaban corriendo al camarero a la casa de apuestas más cercana con la esperanza de ganar unos euros.

Y a mujeres, muchas bellas mujeres. Mujeres rubias, mujeres pelirrojas, y mujeres morenas, muchas mujeres morenas confirmando la leyenda histórica de que muchos soldados españoles que formaban parte de la Armada Invencible se salvaron del naufragio llegando a nado hasta las costas de Irlanda, y una vez aquí de dedicaron a lo único realmente decente que puede hacerse en esta vida. Quizás el bebé que sigue berreando en el carro mientras sus jóvenes padres beben una pinta sea un descendiente de alguno de ellos.

10 de julio.

Aunque me prometí no hacerlo, esta tarde me he acercado hasta Essex Street, donde se encuentra el Clarence Hotel y he pedido una Guinnees en la lujosa barra de su bar, Octagon. El hotel es propiedad de dos de los cuatro irlandeses más famosos de los mass-media, un tal The Edge y sí, el apostólico, Bono. Compré mi primer disco de U2, War, con el premio que obtuve al ganar un concurso literario convocado en mi instituto por Sant Jordi. Mein Kampf, se titulada el texto, lo juro. Poco después forré mi carpeta con una enorme U y un más grande 2 para que todo el mundo supiera que era un puto fan de una banda entonces bastante desconocida, y así fue como conocí en la universidad a uno de mis mejores amigos desde entonces. La cuestión es que U2, o mejor dicho, sus canciones, formaban parte de la banda sonora de mi vida, hasta que en algún momento las cosas (como todos lo demás, ahora que lo pienso) se torcieron. No sé exactamente a partir de la publicación de qué disco, pero el caso es que el puto Bono comenzó a fotografiarse a lado de alto mandatarios políticos, la puesta en escena de sus conciertos se volvió más y más marciana, y las letras de sus canciones, ..., bueno las letras de sus canciones nunca han llegado a la altura de las de Dylan, Cohen o Cave, por citar tres ejemplos. Así es como han llegado a ser lo que son hoy: una megabanda que cobra 90 euros por las entradas más baratas de sus conciertos, y titulan canciones como Elevation con el nombre del fondo de inversiones de riesgo que controla el santurrón de Bono, un mago de las finanzas que no duda después en pedir a los asistentes a sus misas que manden un mensajito a Amnistía Internacional para combatir el hambre en el mundo mientras suenan de fondo los acordes de Pride, In the name of love. Bien, entonces, la pregunta es: ¿por qué cojones estoy aquí, rodeado de los pocos discípulos de U2 que pueden pagarse el prohibitivo precio de las habitaciones de este lujoso hotel?

Porque, en el fondo soy un puto nostálgico, y porque llevo una camiseta de Radiohead para tocar las narices de todo aquel que se sienta ofendido.

10 de julio.

Introibo ad altare Dei. Son las palabras que grita Buck Mulligan al comienzo del Ulises. Es latín y lo vuelvo a gritar un par de veces al fuerte viento del mar de Irlanda en esta fría mañana de julio. Estoy en Martello' s Tower, una fortificación de las muchas que se construyeron a principios del s. XIX para detener la temida invasión de las tropas napoleónicas. Está situada en Sandycove, un pueblecito pesquero al sur de la bahía de Dublín al que he llegado desde la estación del DARFT de Tara, en el centro de la ciudad. Aquí vivió Joyce unas semanas invitado por Saint John Gogarty. Cierta noche el autor del Ulises soñó con una pantera negra. Asustado Gogarty disparó tres tiros al fuego de la chimenea. Al día siguiente Joyce se largó por piernas de la torre y para agradecerle su corta estancia en la torre se inspiró en su bélico anfitrión como modelo para su personaje de Buck Mulligan. Es una torre de 12 metros con paredes de granito desde cuya plataforma para los cañones, que Gogarty transformó en terraza, pueden contemplarse unas excelentes vistas de la bahía de Dublín. Es un buen lugar para dar por terminado mi viaje a Dublín. Vuelvo a gritar a los cuatro vientos Introibo ad altarei Dei, y en una traslación macarrónica, apócrifa y completamente libre, la traduzco del siguiente modo pensando en toda la mierda que me ha tocado vivir en las últimas semanas.

"Que Dios bendiga por siempre a mis amigos"

Lejaim.

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