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LA FAMILIA SALMON ÜBER ALLES 0

Con la caída de Lehman Brothers desapareció el mundo como lo conocíamos. Desde ese día para conquistar un país basta con un grupo de brokers, un fondo de inversiones y una pantalla de ordenador. Apunten, disparen, fuego. Europa está en guerra. Una guerra entre el norte y el sur. Entre Calvino y Séneca. Y allá vamos la familia salmón, a la línea del frente. Con Claudia al volante, yo en el asiento de al lado peleándome con el equipo de música, y David detrás, haciendo los coros a los primeros compases de Born to run de Bruce Springsteen con una melódica ráfaga de berridos. Nos esperan más de 1000 kilómetros hasta la guarida del lobo. Hasta Alemania.

En la frontera descubrimos que nada será como ahora cuando regresemos. Si antiguamente los pasos fronterizos eran vigilados por emplazamientos militares para disuadir al enemigo, nuestro bastión defensivo hoy es el Paradise, el mayor prostíbulo de Europa en este territorio que hace cinco décadas ofreció refugio a los exiliados de la Guerra Civil. Algunos lo llamarán progreso, pero a nosotros nos rechinan los dientes hasta que llegamos a Avignon, donde están celebrando el festival de teatro. David está con los ojos como platos porque los planetas que cuelgan sobre su cuna se han convertido esta noche en una plaza llena de espectáculos callejeros. El problema es que ninguno puede competir con la capacidad interpretativa de las llaves de casa que lo tiene encandilado desde que salimos de Barcelona, y no tiene ningún reparo en demostrarlo con un falsete más agudo que el de Jimmy Sommerville, aquel cantante de los ochenta que tanto se parecía a Tintín. Luego, se cansa de ejercer de feroz crítico teatral, cierra los ojos, y cae desconectado en brazos de Claudia sin sospechar el futuro que le espera. Buenas noches, futuro moroso.

Somos la familia salmón remontando el curso del Ródano, hacia el norte, hacia los Alpes. Topónimos curiosos que salen a nuestro paso. Beaumont. Traducción: Montehermoso. A más de mil kilómetros al sudeste del continente, en el corazón de las tinieblas, hay otro Beaumont donde mis padres resisten esta guerra armados con sus pensiones. Courage, mamá, courage papá. Otro topónimo singular. Chambery. Preguntar a mi amigo Pedro Bravo porqué siendo francés habla con ese acento tan de Madrid. Más topónimos: Valence, Orange, Saint Exupery. En la radio se anuncia que los mercados financieros hoy se toman un descanso, y para celebrarlo Europa entera pasa el domingo enganchada a toda clase de acontecimientos deportivos: Wimbledon, el Tour, Formula 1. Es el viejo lema romano: pan y circo. Paramos en una área de servicio y como siempre que entro en un establecimiento de este tipo tengo la impresión de que si me equivoco de puerta acabaré en una área de servicio idéntica pero en la otra parte del planeta. Me sucede igual en los aeropuertos, o en los pubs irlandeses. Son todos iguales, lo que me hace pensar que lo peor de esta guerra no es quien la va a ganar. Eso está claro. Lo peor es que da lo mismo, porque el futuro que se avecina es un futuro como las áreas de servicio. Vayas donde vayas encontrarás las mismas tiendas, los mismos restaurantes, los mismos bares. Será un futuro homogéneo, único, idéntico. Sin diferencias. O será mucho peor. Será un futuro como Suiza.

Porque Suiza no es un país. Suiza es uno de esos bibelots que hay en algunas casas y son como unas bolas de cristal con un paisaje alpino dentro. El encargado de su decoración no ha dejado ningún detalle al azar. Todo está en su sitio. Ni más a la derecha, ni más a la izquierda: los pueblos, las vacas, los montes, los lagos, las nubes, el Ikea. Si una mano gigante agitara esta bola de cristal que es Suiza no caería nieve del cielo, caerían los billetes que guarda en las cuentas opacas que hay en sus bancos. Porque Suiza no es lo que muestra. Ginebra, Lausanne, Berna, Zurich. Suiza es lo que esconde.

Su frontera con Alemania es también el escenario de mi secuencia favorita de "La Gran Evasión". Con los nazis pisándole los talones, Steve McQueen logra huir en su moto hasta la frontera y allí descubre que una valla infranqueable lo separa de la libertad. Es imposible que lo consiga pero no tiene otra opción que intentarlo y acaba finalmente atrapado en las alambradas rodeado de nazis apuntándole con sus armas. Durante un tiempo me obsesionó tanto esta escena que acabé escribiendo una novela titulada "Steve McQueen". Su personaje principal entiende que detrás de ella se esconde una verdad importante: hay que levantarse del suelo tantas veces como haga falta y nunca darse por vencido. La escena debió rodarse en algún punto de la frontera entre Suiza y Alemania, pero para mi siempre estará cerca de aquí, de Bohlingen, en Bodensee, al sur de Alemania, donde pasó los veranos de su infancia Claudia, mi mujer, que me amnistió de otra guerra que perdí, y ahora pasea junto a sus abuelos con nuestro hijo en brazos. Ellos también perdieron una guerra, pero la suya era de otra época, con reclutamientos, tropas, batallas y culpables. La de ahora es diferente. En el fondo, se parece a la guerra en Europa durante los tiempos de la Reforma, cuando los luteranos y los calvinistas querían salvar el cristianismo de las garras decadentes del sur católico porque les preocupaba el destino de sus propias almas. Sólo que sus preocupaciones ahora están mas en sintonía con los signos de los nuevos tiempos. Los alemanes, los holandeses, los finlandeses, quieren salvar el Euro porque les preocupa el destino de sus lugares de veraneo. Les preocupan sus playas, su sol, sus islas, y sus camareros. Y quieren hacerlo antes de que sea demasiado tarde, antes de que lleguen los chinos y empiecen a comprarlo todo a precio de saldo. (¿O eso ya está sucediendo) Es la vieja historia de siempre. El pez chico es comido por el grande y a éste se lo comerá otro más grande aún porque somos familias de salmones en un mar infectado de tiburones. Eso es lo que somos todos.

Über alles.

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