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KUNSTHAUS TACHELES, GAME OVER 0

Berlín me hace pensar en mi abuela. Cuando cayó el muro y las imágenes de los berlineses celebrándolo eufóricos en el Checkpoint Charlie salían a todas horas en televisión, iba a visitarla por las tardes y me invitaba a un delicioso café con leche que completaba mi precaria dieta nutritiva. Mi abuela nació cuando en Alemania reinaba el emperador Guillermo II, se casó durante la República de Weimar, tuvo el primero de sus ocho hijos en la época del Tercer Reich, y décadas más tarde, veía junto al gorrón de su nieto cómo el orden mundial que había conocido durante el resto de su larga vida saltaba por los aires en riguroso directo televisivo.

Yo vivía por entonces en el casco viejo de Cáceres con un par de alemanes que aprendían castellano aplicando el mismo método empleado por los descubridores extremeños para conquistar El Dorado: acostarse con el mayor número de nativas posibles. Sabía de Alemania que el fútbol se trataba de un deporte donde jugaban once contra once y siempre ganaban ellos – de hecho, Alemania tiene el paradójico mérito de ser el único país que se ha enfrentado a sí mismo en un Mundial. Sucedió en el 74, cuando antes de proclamarse campeona venciendo a la Holanda de Cruyff en la final, la República Federal de Alemania perdió el último partido de la primera fase contra la República Democrática de Alemania. También sabía que mis conocimientos de alemán tras un largo año de aprendizaje con la esperanza de leer algún día Nietzsche en su idioma original (suena pedante pero cada uno carga con su cruz con la mayor dignidad posible, y la mía es haber estudiado Filosofía) se reducían a un dionisíaco pero nada filosófico Ich bin betrunken. Pero, sobre todo, sabía que la manera más rápida de buscarte problemas con un alemán era preguntarle qué habían hecho sus abuelos durante la segunda guerra mundial, algo que pude comprobar en un par ocasiones con mis compañeros de piso durante los descansos de sus intensas clases de castellano.

Mi abuela, mientras yo disfrutaba del café con leche mirando de reojo cómo Berlín se convertía durante aquellos días en el centro del mundo, me aseguraba que todo lo que sale por televisión no son más que una sarta de mentiras. Así de categórica era. Películas, anuncios, series, pero especialmente las noticias. Sobre todo, las noticias. Durante un tiempo pensé que sus palabras habían sido una especie de advertencia sentimental porque años después conocí a una chica, me casé con ella, al poco empezó a salir por televisión, y nuestro matrimonio acabó convirtiéndose en un montón de mentiras. Pero viendo lo que hoy es el Checkpoint Charlie he comprendido que estaba refiriéndose a otra cosa. Una de las primeras cosas que hacen los turistas cuando llegan a Berlín es visitar el mítico puesto de control. Ignoro cuántos de ellos saben que el original se desmanteló hace ya veinte años, y que el actual es una réplica en pequeñito para que no ocupe tanto espacio en medio de la calle. Hay también falsos soldados americanos y rusos para que se fotografíen junto a ellos por un par de euracos. En los alrededores proliferan tiendas de souvenirs donde se venden toda clase de gadgets relacionados con el antiguo bloque del este; y sólo a unos pocos metros, en un descampado entre edificios, hay una terraza con chiringuitos playeros donde el visitante puede tomarse una cerveza en una cómoda hamaca mientras escucha una relajante selección de música chill-out.

Si es verdad que en el siglo XXI las cosas suceden a un ritmo vertiginoso, en Berlín además lo hacen mostrándonos el futuro que nos espera si algún día el turismo se convierte en la principal actividad de la economía mundial ¿Cómo entender si no el DDR Museum, un museo donde se recrea el mundo de la extinta República Democrática Alemania? Resulta alucinante descubrir que los niños aprendían en el colegio a dejar de llevar pañales el mismo día, que había una policía encargada de arrestar en la calle a todo aquel que llevara el cabello largo, y que cuatro de cada cinco habitantes se enorgullecía de practicar nudismo en las playas del Báltico. Pero cuando sales, y te cruzas con un berlinés del este, es imposible no verlo como el atribulado figurante de este parque temático sobre la convulsa historia de Europa en el siglo XX que Berlín parece en algunos momentos.

El kilómetro y medio de muro que se conoce como East Side Gallery no hace más que confirmar esta inquietante sensación. El muro, o mejor aún: lo que queda de éĺ - ya sea en el plano urbanístico de la ciudad, o el mapa psíquico de sus habitantes- es sólo una de las muchas cicatrices que Berlín tiene en el alma. Quizás por esa razón divertirse aquí es una obligación terapéutica. La orilla del Spree, en la zona de Friedrichshain, es un buen ejemplo de lo que podría denominarse "intervención urbanista popular", decenas de viejas fábricas reconvertidas para el ocio perroflauta, con música de Manu Chao, mucho humo de hachís, y consignas revolucionarias para todos los gustos. En lo que a comida se refiere creo que sólo queda una pequeña república islámica del sudeste asiático que no cuenta aún con un restaurante bueno, bonito y barato en Plenzlauer Berg, o Kreuzberg. Y si hablamos de música, además de ser la ciudad donde Lou Reed, David Bowie o Nick Cave llevaron a cabo algunos de sus trabajos más marcianos, Berlín cuenta con un apabullante circuito de locales, clubes, cabarets y antros de todo tipo. A su lado, la oferta de ocio de Barcelona es tan estimulante como la hoja parroquial de un solitario pueblo de montaña.

Uno de ellos es el Kunsthaus Tacheles, un centro de cultura y arte alternativo (signifique lo esto que signifique) situado en Mitte. Este bloque medio en ruinas ha sido adquirido recientemente por una entidad financiera que ha dado de plazo hasta las doce de esta noche para que los artistas que viven aquí recojan sus cosas y se larguen con viento fresco. La noticia ha corrido como la pólvora entre los guías de la ciudad, y por unos momentos, la terraza que hay en el patio trasero es un desfile de curiosos adolescentes que están visitando la ciudad. Si en lugar de obras de discutible valor artístico hubiese por doquier bolas de goma de colores esta vieja fábrica parecería ahora el Chiqui-Park de cualquier McDonald´s. Sentada a mi lado, Claudia fotografía a un tipo que está haciendo malabares con unas medias llenas de arena. Luce el torso desnudo, lleva un collar de perlas falsas al cuello, y arrastra por el suelo una falda de algodón gris mientras se contonea como si estuviera conectado con misteriosas fuerzas del universo. El punkie que aún llevo dentro trata de convencerme para que le tire a la cara la botella de cerveza que tengo en la mano, pero algo me dice que no sería bien recibido en este clima generalizado de buen rollo. Dejamos al tipo del collar de perlas buscándose sus chacras, y a medida que recorremos las cuatro plantas del viejo edificio, entramos en las distintas salas donde los artistas tienen expuestos sus trabajos. Músicos, pintores, escultores, coreógrafos. En el última planta hay una especie de mirador desde el que se puede disfrutar de una magnífica vista de la ciudad. En el muro del edificio de siete plantas que hay enfrente se proyecta a cada tanto la silueta de un escultor inclinándose sobre el amasijo de hierros que está trabajando con una sierra eléctrica. No estoy muy seguro pero eso que cuelga del cielo sin estrellas en esta cálida noche de julio es la luna en cuarto menguante. Dentro de un par de horas el Kunsthaus Tacheles dejará de existir, pero nadie parece muy preocupado por ello. Los berlineses han visto tantas veces los ojos al fin del mundo que poseen un envidiable talento para disfrutar del presente. Quizás piensan que, como sostenía mi abuela, al final todo no es más que un montón de mentiras. Claudia, a mi lado, sonríe mientras se lleva la cerveza a los labios. Tiene la mirada más dulce de este planeta. Los dos estamos de acuerdo: lo mejor es disfrutar del momento. Pröst.

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  1. Jose

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