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AMSTERDAM, REPUBLICA BANANERA 0

Los pasajeros levantan sus cabezas, y durante unos breves instantes, el entretenimiento del vuelo consiste en averiguar quien necesita los servicios de un médico. El capitán, que se llama Ramón y es de Fuengirola, una información completamente irrelevante que responde a la política de la compañía aérea de transmitir una imagen de cercanía con los clientes, no parece alarmado. Con un rápido vistazo descubro que entre el pasaje hay un significativo número de viajeros que llevan camisetas serigrafiadas con logos indígenas, largas trenzas rastafaris, y sucios tejanos especialmente diseñados para mostrar la elástica de los calzoncillos. Son una réplica estética de Macaco, el tipo ese que canta en el anuncio de uno de los patrocinadores oficiales del Mundial de Fútbol, y aunque dudo que ellos disfruten como él de las ventajas de una Visa Oro, demuestran que al turismo sexual de Bangkog y al sanitario de la Comunidad Valenciana se ha unido en los últimos tiempos otra modalidad tan alternativa (digámoslo así) como el primero, y tan opulento (tal vez más moderadamente) como el segundo: el turismo perroflauta que viaja a Ámsterdam.

Cuando aterrizamos nos sorprende una temperatura más propia de Aruba, Curaçao, o alguna otra antigua colonia holandesa del Caribe, y todo el mundo está en la calle disfrutando del buen tiempo. Los parques son un desinhibido escaparate de cuerpos semidesnudos bajo el sol, como si la ciudad al completo se encontrara en el merecido descanso del rodaje de una producción porno. Por los canales navegan toda clase de embarcaciones con música a pleno volumen y más alcohol en sus bodegas del necesario para emborrachar el Benelux entero. En las calles, plazas y puentes no hay un solo rincón soleado donde falte un holandés con los ojos cerrados, la cara levantada hacia el cielo, y una sonrisa de felicidad nórdica pegada a los labios. Me cuenta mi amigo Ricardo, con el que nos reunimos después de un lunch en la terraza del Vértigo, en Vondelpark, que ha sido uno de los inviernos más duros de los últimos cincuenta años. Los canales se han congelado atrapando entre sus hielos a patos mutantes, cuadros de bicicletas y toda clase de asquerosos objetos que han dejado al descubierto el lecho de basuras sobre el que se levanta esta ciudad. Ricardo es uno de los amigos que mi hermana Silvia, la chica con la sonrisa más contagiosa de este lado de la galaxia, tiene repartidos por el mundo. Lleva trabajando en la cadena Fox desde noviembre del año pasado y ha crecido en Córdoba, así que sabe de lo que habla, aunque los treinta y cinco grados de temperatura sugieran que nos encontramos en la República Tropical de Amsterdam. Todo esto nos los cuenta durante un magnífico atardecer a la orilla de un canal en la terraza de la cafetería De Jahre, mientras una bullanguera despedida de soltera en avanzado estado etílico atraca su embarcación en el muelle de la terraza, ante el pasmo de los clientes, para vaciar sus castigadas vejigas en los aseos de la primera planta.

Durante estos días se está celebrando en Sudáfrica el Campeonato Mundial, y por el número de banderas que engalanan las calles es fácil adivinar la segunda adición de los holandeses después de los rayos de sol. Viven los partidos de su selección con tal pasión que la ciudad se paraliza durante los noventa minutos que dura el partido. Si no te gusta el fútbol es el momento ideal para disfrutar sin aglomeraciones de una película en el Tuchinski, un teatro art decó con el suelo enmoquetado y un techo iluminado como las fuentes de Montjuic. O subir al ferry, y acercarse hasta la Bibliotheek. Imaginad todas las bibliotecas públicas de Barcelona, con sus ludotecas para niños, sus conexiones gratuitas a la red, y sus servicios de préstamo de libros, Cd´s y DvD´s. Ahora multiplicarlo por diez y meter todo eso en cinco plantas diáfanas de un bloque de cristal a orillas de un río, y desde cuya terraza pueden disfrutarse las vistas más espectaculares de la ciudad. Bien: pues eso es la Bibliotheek.

La República Tropical de Ámsterdam es todo esto y mucho más, pero para mi es sobre todo la cuna del profeta del fútbol moderno, Johan Cruyff. Entre los absurdos proyectos que espero realizar algún día está escribir un libro sobre los mejores bares del mundo donde he bebido. Lo titularé así: "Confieso que he bebido", y será mi patético ajuste de cuentas con uno de los poetas más cursis del siglo veinte, el estalinista, pusilánime, y peor padre Pablo Neruda. Si lo hago, el Coconut´s no estará entre ellos porque es el típico pub con el que los irlandeses han colonizado el ocio del mundo civilizado. Tiene las paredes forradas con paneles de madera, hay televisores de plasma en todos los rincones, y está lleno de puertas secretas que conducen a pasadizos a través de los cuales viajas por el espacio y apareces en un pub idéntico situado en la otra punta del planeta. La afición mejicana ha sido la última en llegar. Son cerca de cuarenta, visten los colores verde y blanco de su selección, y demuestran la saludable confraternización que existe entre estos dos países saludando a los argentinos con el grito de PUTOOOSSS!!!. Es lo más inteligente que vamos a escuchar durante la siguiente hora y media. Mientras tanto, lo que sucede en el terreno de juego es que diez más y Messi, el mejor jugador del mundo aunque le pese a ese mono de feria y peor entrenador que es Maradona, hacen lo que pueden ante el mejor juego de los mejicanos, dirigidos por un Rafa Márquez que ya sólo conocen en su casa como el Kaiser de Michoacán. Pero, cuando llegamos al minuto 23 y Tévez, que parece el hermano feote del cantante de los Red Hot Chili Peppers, marca un gol en claro fuera de juego, todo cambia y se arma la de Dios. Entre la guerra de insultos, gritos y vasos de cerveza que enfrenta a las dos aficiones, destaca un cántico que los mejicanos corean al unísono. "Mi peso vale más, mi peso vale más". Es lo que gritan ante las sonrisas divertidas de los pocos holandeses que lo entienden. Porque Holanda será un país pequeño, con muchísimos menos millones de habitantes, y levantado sobre unas tierras tan pobres que estos dos gigantes americanos no las querrían ni regaladas, pero sus habitantes, de negocios, saben un rato. Es tradición, por ejemplo, que el Queen´s Day la reina permita a sus súbditos vender en la calle cualquier cosa a la que se les ocurra poner precio. Durante el resto del año, en Amsterdam, además, la oferta comercial es mayor a cualquier otra ciudad europea. Ahí están para comprobarlo los coffee-shop llenos de perroflautas llegados de Barcelona y las calles del barrio Rojo que - entre nosotros - sólo vale la pena recorrer por el morboso interés de averiguar cómo imagina el infierno un numerario del Opus Dei. Tan desarrollada está aquí la mentalidad comercial que en neerlandés no existe una palabra para designar las cosas sin precio, y deben recurrir a la palabra castellana: gratis. Un curioso legado de la historia que unió este país con lo que hay al sur de los Pirineos, allá por el siglo XVII. Otro singular ejemplo de aplicación de la economía a la lengua es Leeker, que más una palabra parece una promoción de ventas porque, por el mismo precio, puedes referirte con ella no a una, ni a dos, ni a tres, sino a todas las cosas que quieran denotarse como algo bello, bueno, o positivo.

El partido llega al descanso con un rotundo 2-0 a favor de Argentina, y mi único interés ahora es averiguar hasta donde están dispuestas a llegar las dos aficiones para defender sus colores. Los mejicanos nunca lo sabrán porque ellos están viendo otro partido distinto; y los argentinos, una vez superados sus traumas psicoanalíticos a perder, lo intuyen vagamente porque en algún momento de su historia futbolística vieron algo de buen fútbol. Pero el juego desplegado sobre el terreno, dejando a un lado la polémica arbitral del primer gol, está siendo bastante mediocre. Sólo los holandeses serían capaces de afirmarlo con rotundidad porque ellos han sido los inventores del fútbol moderno. El problema es que al fútbol holandés le ocurre lo mismo que al carácter tolerante y abierto de sus habitantes. Me explico: aunque por el número de grandes jugadores que han salido de aquí parecería que Holanda ha ganado un montón de Mundiales, lo cierto es que sólo han obtenido dos subcampeonatos, en 1974 y 1978. Algo muy parecido ocurre viendo lo que sucede en las calles de esta República Tropical que es Ámsterdam. Uno puede llegar fácilmente a la conclusión de que Holanda es el paraíso del buen rollismo general. Pero quizás no esté de más recordar que la extrema derecha obtuvo en las últimas elecciones una importante representación en el Parlamento de La Haya, y bueno - esto vamos a decirlo bajito para que nadie se ofenda - de aquí salieron muchos de los rudos granjeros que se inventaron el apartheid sudafricano. En cualquier caso, me gustaría saber cuántos votos arrancó a los habitantes de esta ciudad, y aunque supongo que más de un suprematista boer nació en alguna de estas bellas calles, cuando finaliza el partido y me pierdo con mis amigos en la noche de la República Tropical de Amsterdam, quiero pensar que, como decía Descartes, "no hay otro lugar en el que se pueda disfrutar de una libertad tan completa" porque este sitio es lekker, lekker, lekker.

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